En el pueblo, este pasado verano, no todo han sido prados, bosques y turistas. El protagonista, esta vez, ha sido un embalse que durante este período cálido se ha ido llenando de agua y de otras cosas menos pertinentes.
Desde mayo, el pantano no ha parado de subir semana tras semana, inundando los prados que ya se habían formado después de tres años de sequía y de mantener un nivel siempre por debajo del 40%. Durante esos tres años de sequía, fue curioso ver como gracias a las pisadas y excrementos de rumiantes, una tierra infértil y cuarteada por años de inundación se regeneraba y se reconvertía en lo que fue antes de que la obra de una presa sepultara prados, masías, caminos, árboles, madrigueras y miles de historias humanas y no humanas. Porque claro, los pantanos no siempre estuvieron ahí, antes de ellos y por milenios, lo que hubo fue un río que discurría más o menos libremente siguiendo su curso natural.

En cualquier caso, el agua ha vuelto a embalsarse y a cubrir toda la extensión que los ingenieros hubieron planificado en un hecho que todo el mundo valora como una buena noticia; ya que pantano abajo, parte de esa agua sale por los grifos, mangueras, alcachofas e impulsa los excrementos humanos alejándolos rápidamente de nuestra vista con la descarga de la cisterna.
Decía que el agua limpia fue llenando los recodos secos y con ello se expandieron los peces que hasta entonces nadarían recluidos en las proximidades de la presa. También ranas, algunos patos y garzas veían agrandarse su territorio vital.
De este modo, el embalse seguía colmándose, sepultando Vida y generando Vida a la vez.
Viendo que cada semana el nivel del pantano subía, regresaron también las empresas de turismo de aventura y pusieron sus kayaks a disposición del turista sediento de experiencias. Así, semana tras semana el pantano se llenaba de agua, de vida animal y de turistas que alquilaban una de estas barcas de plástico. Al mismo tiempo, irrumpían en su interior objetos impropios para el lugar, como son llaves, monedas, gafas de sol, drones y teléfonos móviles que —por despiste, descuido o volcado de la inestable barca— se hundían irremediablemente. Algunos de los afectados, volvían al embarcadero, pedían el teléfono al trabajador que les alquiló el kayak y se llamaban al fondo del pantano. En algún caso, la llamada se producía y se podían localizar las coordenadas exactas, detalle no muy importante porque la mayoría lo vio caer. Todas las fotos que antes se guardaban en álbumes, contactos que antes se escribían en agendas, memes, contraseñas, forma de pago, etc…perdido por un paseo en kayak.
¡Qué impotencia y qué vacío se les quedaba de repente!
Fue todo un duelo el que vivieron esas personas; no podían creer que no hubiera manera de recuperar el objeto más preciado. ¿Cómo iban a valorar ahora la experiencia del kayak? ¿O cómo lo harían para elegir restaurante o para volver a casa?

Cuando era niño, me llamó mucho la atención el dato de que una pila de botón pudiera contaminar hasta 6.000 litros de agua. Uno cogía aquello, lo miraba y pensaba en cómo era posible ese poder destructivo concentrado en algo de ese tamaño y ya casi no se atrevía ni a tocarlas con la mano; de hecho, los relojeros nunca las tocaban sin guantes o pinzas.
Ya sabemos también que una colilla de cigarro puede contaminar hasta 50 litros de agua con la venenosa —aunque no persistente— nicotina y quizá por otras cosillas que quedan atrapadas en el filtro de plástico… pero de lo que me acabo de enterar es mucho más gordo:
Un solo terminal telefónico puede contaminar hasta 600.000 litros de agua. Seiscientos mil, has leído bien. Este dato lo he extraído de un estudio de la Universidad de Surrey.
Se conoce que lo más contaminante es su batería, pero cada teléfono alberga unos 40 materiales tóxicos. Un solo smartphone es capaz de contaminar toda esta agua.
O sea: Si toda esta agua estuviera contenida en un único depósito lleno con esos 600.000 litros y un teléfono cayera al depósito, esa agua quedaría contaminada y no sería apta para ser consumida.
El estudio concluye que de la tecnología que se utiliza en el día a día, el teléfono smart es el aparato más nocivo para el medio, si contamos con el ciclo de producción del dispositivo.
Se fabrican 3,8 millones de estos dispositivos cada día, cuya huella hídrica estaría alrededor de 12.700 litros de agua por terminal.
¿Cuántos de ellos irán a parar a ríos, lagos, albercas, balsas, océanos?
Por no alejarme mucho de los pastos de verano, no me iré hasta el Congo y, en concreto, a la zona de Katanga para recordar que una parte indispensable de los materiales que componen nuestro teléfono smart así como todo tipo de pantallas, vienen de allí. Además, son extraídos por campesinos y niños que a menudo mueren por derrumbamientos o en cualquier caso prematuramente por enfermedades.
Dice Galo Abrain reseñando un libro titulado “Cobalto rojo” (ed. Capitán Swing) que “si los diamantes de sangre les indignan, no son menos sangrientas las baterías de sus teléfonos”.
En cualquier caso, pocos diamantes habrán ido a parar al fondo del pantano protagonista de esta historia. Y si alguno fuera, su poder de contaminación sería muy inferior al del aparato que nos ha venido al bolsillo, a las manos y a los ojos como un objeto sagrado al que a diario debemos venerar si queremos seguir con vida… No vaya a ser que llegue alguna alarma y nos pille distraídos a bordo de una barca.
Justo cuando la crítica a la televisión se extendía de la mano de llamarla caja tonta, cuando algunas casas empezaban a prescindir del aparato/pantalla que sometía todos nuestros sentidos… nos metieron la pantalla individual en el hocico, primero para jugar y luego para hacer de ello un objeto imprescindible para vivir. El objeto de nuestra atención continúa mientras nos dispersamos de la vida real y seguimos cavando más hondo en el caos climático, en la desigualdad social, en el belicismo y en la insalubridad de la Vida.

