El Tinder desterró definitivamente a Cupido y acabó con el arte de ligar.

El BlaBlaCar puso punto y final al autostop, terminando con el viaje compartido por el placer de compartir.

Las redes sociales contribuyeron decididamente a disminuir el número de encuentros presenciales en donde dos o más personas se ven, se escuchan, se estudian los gestos. La comunicación resulta así del todo deficiente y se presta a todo tipo de equívocos y malentendidos. Las manifestaciones en la calle que propician el sentimiento de pertenencia y unión son cada vez más escasas.

Airbnb arruinó a la hospitalidad. Dejó millones de viviendas vacías, condujo a la soledad de mucha gente y aumentó el precio de la vivienda. El barrio se terminó de la mano de esta empresa. El pueblo pintoresco se hizo parque temático decorado por cajetines con contraseña.

Booking acabó con la sorpresa del viaje y con todo atisbo de providencia; todo debe estar programado de antemano. Además, cambió las reglas del juego entre el posadero y el huésped, ya que ahora el segundo puede criticar al primero por la espalda y hacerlo público.

Las pantallas en los centros de salud, en las oficinas del desempleo, tráfico, etc. te cambiaron el nombre y pasaste a llamarte A16P1. De manera que, en la sala de espera de cualquiera de estos espacios, se ven a decenas de personas mirando una pantalla para no perder el turno por si sale el número que debe coincidir con el de su papel.

Amazon terminó con el pequeño comercio de barrio y de los pueblos, cavando aún más hondo en la despoblación rural. A la par, aumentó los accidentes de tráfico (laborales) por exceso de velocidad de unos repartidores agobiados.
Muchas personas pierden sus días mirando precios, comparando productos, buscando ofertas, hasta que por fin realizan su pedido. Luego quizá lo devuelvan para seguir mirando, comparando y comprando compulsivamente desde su smartphone.

El teletrabajo pone muy difícil la unión de los trabajadores de una misma empresa o sector. Otro paso más en el divide y vencerás. Los pueblos no se repueblan con teletrabajadoras. Tan solo aumentan el número de empadronados, pero la realidad es que no trabajan para el pueblo sino, con frecuencia, para una multinacional con sede en Estados Unidos. Teletrabajando, no se hace pan, ni trigo, y no se crían gallinas para tener huevos…

¿Cuántos minutos te pasas al año en espera aguardando a que alguien, humano si puede ser, te atienda al otro lado del teléfono? ¿Marcando el 1 o el 2 y tecleando tu DNI?
¿Cuántas horas has perdido de mirar al mar, de hablar con tu vecina o de jugar con tu hijo por esa pantalla que genera en nosotros una atención fuera de lo humanamente saludable?

La digitalización de la vida nos despoja de toda cultura y nos deja ciegas. Ciegas, si no es para mirar la pantalla y mancas, si no es para rozarla con el dedo en un scroll interminable de distracciones sin fundamento, dispersión e hiperactividad.

 Ahora se llaman analfabetos digitales a los que más sabiduría atesoran y se les obliga a cargar con un chisme que no se ve bien al aire libre y menos cuando hace sol. Se maltrata a la vejez y se les minusvalora por no saber operar con su teléfono.

 Cualquiera puede hacer una crítica demoledora —veraz o no— a un trabajador, comercio o empresa y hacerla pública de manera que será vista por sus compañeros, jefes, clientes; llegando a perjudicar gravemente reputaciones, profesionalidad y provocando incluso despidos.

 La digitalización es una imposición que contamina, que explota; es guerra y sequía y por lo tanto no resuelve ninguno de los problemas que amenazan a la humanidad.

Ilustración de Miguel Brieva